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Círculos internos

Este es un buen momento para desvelar una cuestión que dejé abierta hace tres años. En el artículo sobre cabezas parlantes de mayo de 2023 comentaba que la escena en la que se describe la Cabeza de Alcasan es, para mí, la segunda imagen que más poderosa me pareció al leer la novela de C. S. Lewis Esa horrible fortaleza. ¿Cuál es, entonces, la que ocupa el primer lugar?

Ya que he tardado casi tres años en sacar el tema, me permitiré detenerme antes un poco más en comentar por qué pienso que este es un momento adecuado para hacerlo. Tiene que ver con el revuelo que ha provocado la reciente publicación de los «archivos de Epstein» (o buena parte de ellos). Confieso que no me siento del todo a gusto introduciendo ese tipo de temas de actualidad en este blog: demasiado se abusa ya del asunto, a menudo aprovechando el impacto que provoca a modo de clickbait, o para alimentar batallas culturales y políticas, sea a través de críticas ad hominem o incluso mediante puro chisme. Pero hay un aspecto precisamente relacionado con el motivo de ese impacto del que creo que vale la pena hablar —y está relacionado con el tema de la novela de Lewis—.

Algo que ha llamado mucho la atención es lo extensa y variopinta que era la red de amistades y relaciones que tenía Jeffrey Epstein, hombre de finanzas adinerado, influyente, depravado y carismático a partes iguales. Una red de magnates, políticos de todo pelo, artistas célebres, prestigiosos intelectuales… hasta personalidades como Chomsky, a quien rendía homenaje en mi última entrada del año pasado, se desvelan como amiguetes que colegueaban y compartían confidencias avergonzantes.

Me parece muy acertado el análisis que hace Fernando Carasa «el Feo» en su vídeo que compara el «caso Epstein» con la película Eyes Wide Shut de Kubrick: no se trata de ideologías; ese turbio asunto es una cuestión de élites, de la diabólica seducción que implica la pertenencia a ellas, o el deseo de pertenencia.

Miembros de la 'Hermandad de la Muerte' de Yale
La «Hermandad de la Muerte», famosa sociedad secreta de la Universidad de Yale.

Pero C. S. Lewis lo retrató aun mejor en la charla que impartió a los estudiantes de la Universidad de Londres en 1944, titulada The Inner Ring: esos «círculos internos» no se encontrarán normalmente en sociedades secretas con sus líderes, sus reglas y rituales de admisión; no tienen nombre ni lista de miembros; tampoco hay expulsiones, tan solo gente que está dentro y gente que está fuera, aunque tampoco es fácil decir cuáles son unos y cuáles los otros. «Descubres gradualmente, sin casi poder decir cómo, que existe y que estás fuera de él, y quizás mas tarde que estás dentro. (…) La gente piensa que está en él después de que se le haya excluido o antes de formar parte, y esto es motivo de gran diversión para quienes realmente están dentro.»

Y eso es también lo que le pasa a Mark Studdock, el tristemente más real de los protagonistas de Esa horrible fortaleza. Un buen hombre, no hay duda, que poco a poco se introduce en el siniestro círculo interno del Instituto Nacional de Experimentos Coordinados (NICE en inglés). Y aquí viene, ahora sí, ese pasaje de la novela que me pareció tan poderoso:

Era la primera vez que habían pedido a Mark que hiciera algo que, antes de hacerlo, supiera con claridad que era criminal. Pero casi no advirtió el momento de la aceptación; por cierto, no hubo presión, ni la sensación de pasar por un punto crítico. Tiene que haber habido en la historia del mundo una época en que tales momentos revelaban plenamente su gravedad, con brujas profetizando sobre brezales malditos o visibles rubicones a cruzar. Pero, para él, todo pasó deslizándose en un trinar de risas, de esa risa íntima entre profesionales amigos, que es el más fuerte de los poderes terrestres para hacer que los hombres hagan cosas muy malas antes de ser ellos mismos, en lo individual, hombres muy malos.

Supongo que a muchos no les parecerá para tanto. No es un pasaje que describa una imagen impactante, una acción trepidante… ni siquiera es una escena que juegue un papel crucial en la secuencia de acontecimientos de la novela. Es un momento casi banal, y sin embargo me impresionó profundamente, en gran parte por eso mismo: es tan sencillo, y al mismo tiempo tan terrible…

Así es, sin duda, como se forja la perversidad en la vida real. Hoy están de moda las historias en las que «el malo» es el protagonista. El tipo más ñoño es el de los retellings en los que la bruja, el delincuente o el supervillano no es una mala persona, solo una incomprendida víctima de las circunstancias, de la injusticia de los «normales». También están las películas y series aparentemente menos moralistas, que triunfan porque los protagonistas malvados son malos de verdad, pero te cuentan su historia para que empatices con ellos, los quieras y los detestes a la vez. Pero en casi todas las que conozco está ese rubicón. El punto de rechazo que provoca el personaje está ahí porque existe ese momento que, como espectador, te permite pensar que eres mejor que él. El personaje se enfrenta a la duda; ¿qué hará? Temes lo que va a pasar, pero podría ser… quizá podría hacer lo correcto; tú al menos lo harías… pero no. «¿Por qué, por qué lo haces? ¡Eres imbécil!», dices en tu interior. Te fastidia, es una pena, pero hasta cierto punto se merece lo que le pasará en adelante.

La banalidad del momento en el que Mark acepta su papel en las perversas actividades del NICE es mucho más desasosegante, y tristemente real. Apenas toma una decisión siquiera; es todo tan simple y natural que da aun más miedo. En el prefacio de la novela, Lewis la describió como «un “cuento” sobre demonología», pero aunque uno no crea en los demonios de la forma tan literal en la que creía el autor, incluso manteniendo una filosofía de vida opuesta a la moral religiosa de Lewis, es difícil sustraerse de la sensación de que hay algo tan real como diabólico en esa escena.

La historia escandalosa de Epstein y su indefinido círculo de amistades y perversiones es un caso más mundano y sórdido de esa misma realidad. Lo que aporta el cuento de Lewis —y aun más su charla a los jóvenes universitarios londinenses— es la conciencia de que esto no ocurre solo en esos escenarios alejados, entre personas que pertenecen a una élite muy remota de la existencia de la mayoría. Poca gente pertenece a las élites del tipo que llega a las noticias, pero en todos los ámbitos de la vida existen esos círculos internos de «quienes saben», desde el patio del instituto a las instituciones. Y como advertía Lewis, aunque su existencia no sea perversa en sí, el deseo de pertenencia al grupo es uno de los impulsos más primarios de la acción humana: «uno de los factores que dan forma al mundo que conocemos, este desorden de luchas, competiciones, confusión, tejemanejes, decepciones y propaganda».

Dicho todo esto, me parece conveniente acabar también con otro fragmento del final de la misma charla. Admito el aire que tiene del discurso de un moralista de mediana edad, que es lo que es. Lewis mismo lo admitía sin tapujos en la introducción de la charla, pero no le importaba, y hoy a mí tampoco:

Si en tu tiempo libre te juntas simplemente con la gente que te gusta, te encontrarás de nuevo, sin advertirlo, en un núcleo real: descubirás que estás de veras acogido y seguro en el centro de algo que, visto desde fuera, parece exactamente lo mismo que un Círculo Interno. Pero la diferencia es que el secreto es accidental, y su exclusividad es un resultado secundario, y que nadie está ahí por la seducción de lo esotérico: solo se trata de cuatro o cinco personas que se gustan mutuamente y se reúnen para hacer cosas que les gustan. Eso es la amistad. Aristóteles la contó entre las virtudes. Es la causa quizás de la mitad de la felicidad que hay en el mundo, y ningún Círculo Interno la tendrá jamás.

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