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Cellar door

En 1955 J. R. R. Tolkien se vino arriba. A sus 63 años ya no era solo un respetado catedrático de Oxford; también se acababa de convertir en un escritor consagrado, primero gracias a El hobbit y ahora El Señor de los Anillos. El 21 de octubre, al día siguiente de publicarse El retorno del rey, disfrutaba también del honor de impartir la charla que inauguró las Conferencias O’Donnell de estudios célticos. Sobre el papel era una disertación sobre la relación entre la lengua y la literatura inglesa y la galesa; pero poco a poco, según avanzaba, la formalidad académica iba dando paso a un manifiesto sobre los aspectos estéticos del lenguaje, a una declaración personal de sus predilecciones y finalmente a una exhibición de su arte lingüístico, fiel compañero de las narraciones que le habían convertido en «el hombre del momento» en Oxford.

En el momento álgido de su alegato sobre la estética del galés, dejó caer uno de los comentarios que se han hecho más famosos —si no el que más— de ese discurso:

La mayoría de angloparlantes, por ejemplo, admitirá que cellar door [puerta de un sótano] es «hermosa», en especial si se disocia de su significado (y de su ortografía). Más hermosa que, por decir algo, sky [cielo], y mucho más hermosa que beautiful [hermoso]. Pues bien, para mí en el galés las cellar doors son extraordinariamente frecuentes.

¡Qué bribón, profesor Tolkien! ¿Cómo salir de la trampa en la que uno cae nada más encontrarse con esa afirmación? La lees y no puedes evitar ponerte a cavilar sobre ello. «Hm, sí, qué razón tiene: con su prosodia fluida, sus sonidos suaves, qué bien suena cellar door en inglés, ¿verdad?» ¿Pero realmente, de verdad? ¿Es una sensación genuina o una sugestión producida por la afirmación misma de que es así? Si durante su discurso, antes de decir nada, Tolkien hubiera preguntado qué palabra es más hermosa, si beautiful o cellar door, ¿habría elegido la mayoría de su audiencia angloparlante la misma por la que él apostaba?

En su libro sobre Tolkien y las teorías lingüísticas, Inside Language, Ross Smith destaca lo dudoso de esa famosa afirmación. No solo por lo osado de atribuir a la mayoría de angloparlantes una misma valoración estética sobre los sonidos de una palabra (que además se pronuncia de forma distinta según la variedad regional de inglés), sino también por la sugerencia de que ese juicio estético es independiente de la ortografía, y especialmente del significado. Como explica Smith: «no podemos bloquear la idea aprendida empíricamente de que los sótanos son sitios a menudo interesantes, húmedos, oscuros y con un toque de misterio. Sus puertas son la entrada a todo aquello que podrían esconder.»

Puerta de un sótano en Budajenő, Hungría
Puerta de un sótano en Budajenő, Hungría; el umbral perfecto para una intrigante aventura.
Fotografía de Globetrotter19. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 3.0)

Uno podría decir que tampoco hay que darle demasiada importancia. Es evidente que la intención de Tolkien en ese punto del discurso no era pedagógica sino retórica: no pretendía ilustrar a su audiencia con hechos científicos relevantes, sino transmitir un sentimiento, llevar al espectador o al lector a su terreno emocional para exaltar el idioma galés; y para ello no le hacía falta ser riguroso, le bastaba con ser elocuente. Sin embargo, para ser elocuente hace falta habilidad a la hora de escoger las palabras, y a todas luces Tolkien, el «mago de las palabras» como a veces se le ha llamado, supo escoger bien con ejemplo de cellar door.

Un meme lingüístico

Lo primero es aclarar que no se tiró a la piscina con la primera palabra que a él le sonaba bien. Aunque ningún estudio pudiese refrendar el estatus de cellar door como palabra hermosa para la mayoría de angloparlantes, Tolkien no se sacó la idea de la manga. Hay suficientes repeticiones de la misma idea escritas por autores anteriores, y lo que es más interesante, la mayoría —también en el caso de Tolkien— sin ningún tipo de pista sobre su origen, como para dar por cierto que debía de ser una especie de meme lingüístico, al menos en ciertos ámbitos angloparlantes.

El lexicógrafo estadounidense Grant Barrett tuvo la suficiente curiosidad por el tema como para investigarlo y escribir un artículo sobre él para el New York Times en 2010. Otros lingüistas como Geoffrey Nunberg le siguieron el juego, y como para tantos otros temas anecdóticos, la Wikipedia acabó recogiendo todas esas investigaciones en un apartado sobre el valor estético de cellar door dentro de su artículo sobre fonoestética, con referencias a muchas de las ocasiones en las que se ha citado a personajes anónimos, escritores, lingüistas, dramaturgos e historiadores haciéndose eco de la idea —tanto si lo hicieron de verdad como si no—.

Cuando uno se pone a examinar las referencias más antiguas aparecen algunos patrones interesantes: la fuente suele ser americana, pero a menudo la afirmación sobre la belleza de cellar door no viene de un angloparlante, sino de un español o italiano (en las primeras referencias), o incluso un asiático (en referencias posteriores). La referencia más antigua de todas es particularmente llamativa para lo que nos ocupa. Aparece en la novela Gee-Boy, publicada en 1903 por el prácticamente olvidado Cyrus Lauron Hooper, que describe a un muchacho con cualidades que recuerdan sorprendentemente al propio Tolkien:

Incluso ya en la madurez recordaba con agrado esas experiencias, y no sentía ninguna simpatía por aquellas almas carentes de sentido musical (¡Dios nos libre de ellas!) que no ven belleza alguna en una palabra. Llegó incluso a apreciar sonidos sin relación con su significado, y una vez hizo una lista de las palabras que más le gustaban (…) Un amigo se rio de él, pero la lógica le acompañaba tanto como el sentimiento; un erudito italiano sostenía que la combinación más bella de sonidos ingleses era cellar-door; ¡sin asociación de ideas alguna que ayudara aquí! ¡Tan solo la impresión sensorial! La puerta del sótano es puramente estadounidense.

C. L Hooper, Gee-Boy pp. 43—44.

Puerta de un sótano en St. Louis, Missouri
Puerta de un sótano en St. Louis, Missouri. Fotografía de Paul Sableman. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY 2.0)

Aquí Gee-Boy se refería a la típica puerta inclinada sobre el suelo en un lateral de la casa, que tanto juego da en las películas americanas. De hecho, al menos durante el siglo XIX y a primeros del XX, esos sótanos y sus puertas eran lugares impregnados de un carácter que evocaba juegos y cuentos entre los estadounidenses. El mencionado artículo de la Wikipedia alude a la expresión «slide down the cellar door» que se asocia a compartir juegos, amistad y confidencias infantiles; y el escritor Edward Eggleston publicó en 1884 el libro de historias juveniles Queer Stories for Boys and Girls, entre las que estaban las Stories Told on a Cellar-Door, los breves relatos que intercambiaban los niños del «Cellar-Door Club», que se juntaban sobre la puerta del sótano del Pastor Miller para contarse historias.

Estos antecedentes dotan al encanto atribuido a cellar door de una naturaleza ambigua: por una parte se presenta un placer estético más acusado entre las personas que no hablan inglés, y por otra se sugiere una conexión emocional con la expresión que tiene mucho que ver con lo que esta significa (al menos para los angloparlantes de Estados Unidos a principios del siglo XX).

Por supuesto, en un tema así no se puede esperar menos que una gran dosis de ambigüedad, que al mismo tiempo es vital para que la idea sobreviva a pesar de lo vulnerable que es al más mínimo examen racional. Gracias a esa ambigüedad, es suficientemente maleable como para que fuese cual fuese su origen, Tolkien la adaptase a lo que quería comunicar, y así consiguiese el asentimiento tanto de quienes comparten exactamente lo mismo que él podía sentir al pronunciar cellar door como de quienes sienten una emoción positiva por motivos diferentes. Le sirve para poner de su lado a angloparlantes británicos y americanos, a extranjeros, a gente con su aguda sensibilidad hacia los sonidos del lenguaje y a gente sin ella; en definitiva a casi cualquiera que no deteste la palabra por alguna pasada experiencia traumática con la puerta de un sótano.

El legado de Tolkien y Hollywood

Me pregunto en qué medida Tolkien, a pesar de ser solo uno más de los que han aludido a la belleza de cellar door, ha marcado el curso de esa idea desde la segunda mitad del siglo XX. Digo que me lo pregunto aunque en realidad creo que ha tenido una influencia significativa, porque guardo esa creencia bajo sospecha de sesgo por mi especial interés en su obra, aunque también diría es un interés suficientemente extendido como que una opinión sesgada pueda ser digna de consideración.

Hay buenos indicios de que la afirmación de Tolkien en su conferencia sobre el inglés y el galés tuvo al menos un eco inmediato, nada más publicarse en papel el 8 de julio de 1963. Tres días después, su viejo colega C. S. Lewis escribía en una carta a su admiradora americana Joan Lancaster que:

… la ortografía cuenta tanto como el sonido. Me asombró la primera vez que alguien me mostró que al escribir «cellar door» como Selladore se crea un nombre encantador. Y al contrario, no puedo gozar de velvet [terciopelo] como sonido, aunque sea precioso, porque detesto ese material.

C. S. Lewis, Collected Letters vol 3., p. 1440

Es notable, por redundar en lo que decía antes de la maleabilidad de la idea, que Lewis tomase el mismo ejemplo que Tolkien para decir casi lo contrario que él (que la forma de escribir la palabra cuenta mucho, y su imposibilidad de abstraerse del significado de otras palabras potencialmente hermosas). También es intrigante la cuestión de quién sería esa persona que le mostró la palabra escrita como Selladore, que hace pensar que su fuente fuese distinta a la conferencia de Tolkien, a pesar de la coincidencia temporal. He de reconocer que fantaseo con la posibilidad de que años antes, cuando los Inklings aún se reunían regularmente a leer y conversar, el tema de cellar door y las palabras hermosas del inglés acaparase el debate del grupo, y fuese aquella discusión la que les diese a ambos la idea de usar ese ejemplo en sus cartas y discursos.

Del mismo modo, más gente especula con la posibilidad de que autores de fantasía posteriores hayan escogido nombres que suenan como como cellar door para algunos de sus personajes y lugares nombres, movidos por esa misma idea o incluso como guiño deliberado a Tolkien. El caso que más a menudo se comenta es el de la isla de Selidor de Terramar —como uno más de los posibles homenajes lingüísticos de Ursula K. Le Guin a Tolkien—. Pero también hay quienes sugieren que el mismo motivo podría estar detrás de la aldea de Salidar en La rueda del tiempo, o incluso el septón Cellador en Canción de hielo y fuego.

Donde no hay especulación es en la elección del nombre Selladore por parte de una consultora tecnológica canadiense, que declara abiertamente en su página web su inspiración en los comentarios de Tolkien y Lewis. (No confundir con el caso del vino rosado provenzal Selladore, que a priori parecería un candidato más apropiado para recibir un nombre relacionado con sótanos o bodegas, pero dicen que hace alusión a la expresión francesa selle d’or, «silla de oro».)

En toda esta historia hay que reconocer también la medida en la que el cine ha hecho de catalizador de todo lo que tiene que ver con Tolkien. En 2001, el mismo año en el que se estrenaría la trilogía de Peter Jackson de El Señor de los Anillos, otro film que causó sensación fue el thriller Donnie Darko, en el que el asunto de cellar door también hace su aparición, cuando la profesora de inglés Karen Pomeroy (Drew Barrymore) menciona que un famoso lingüista dijo que es «la más hermosa de las expresiones en inglés, entre todas las infinitas combinaciones de palabras de toda la historia».

La alusión a un «famoso lingüista» haciendo una afirmación de ese calibre hizo que muchos pensáramos obviamente en un homenaje directo a Tolkien (aunque lo que Tolkien dijo en realidad no era tan exagerado). Sin embargo, en los comentarios que salieron con del DVD de la película, el director Richard Kelly nos sorprendió diciendo que se refería a Edgar Allan Poe. Fue una pequeña decepción, y también una suerte porque ni Edgar Allan Poe era lingüista, ni realmente parece que llegase a decir o escribir algo así sobre cellar door, aunque sí había quien se lo había atribuido falsamente antes que Kelly.

Probablemente gracias a que el director de la película se hizo eco de una falsa cita —así como a los espectadores tan tiquismiquis con los detalles que se interesaron a la vez por escuchar los comentarios del DVD y por la autenticidad de los mismos— la cuestión sobre el origen de esa vieja idea captó la atención de suficiente gente como para que expertos como Barrett y Nunberg se dedicaran a indagar, y hoy conozcamos más de ella. Si hubiese dicho que la profesora hablaba de Tolkien, puede que se hubiera popularizado la creencia de que fue una idea original suya, una creencia tan falsa como la atribución a Poe.

Esa escena de Donnie Darko y el debate surgido a partir de ella, por otra parte, sin duda han contribuido a que la mención que hizo Tolkien sobre la belleza de cellar door haya llegado mucho más lejos, incluso a pesar de que la escena se rodase sin pensar en él. También parece que años más tarde los creadores del biopic de Tolkien hubiesen querido completar la jugada, y se preocuparon de añadir una escena con su protagonista comentando y paladeando la palabra —aunque se da casi más protagonismo a su novia Edith que a él, y la escena resalta más el tema del ajuste fonético de la palabra al significado que el de la predilección fonética, que es a lo que realmente aludía Tolkien con el ejemplo de cellar door—.

El impacto mediático del cine y la popularidad de Tolkien han hecho bastante por la pervivencia de este curioso meme lingüístico, surgido por lo menos hace siglo y medio, probablemente en los Estados Unidos aunque no se conoce muy bien de qué modo; puede que de la imaginación de unos niños jugando con las palabras, como también hacía el mismo Tolkien de pequeño. Sin Tolkien y el cine, la idea podría haber pasado de moda sin más a lo largo del siglo XX y quedar como una anécdota de anticuario, confinada a los archivos de revistas y novelas olvidadas.

También podría, claro está, haber resurgido por otros medios: un chiste, una canción… Quizás una transmisión más oscura habría propiciado que la idea se transfieriese a otro idioma, como el selle d’or del vino francés que comentaba antes. ¿O por qué no al español, que no solo tiene al obvio celador, sino una multitud de palabras con la misma prosodia y sonoridad, con solo cambiar alguna que otra letra?

Un detalle que vale la pena comentar, por cierto, es que el tema parece haber provocado más obsesión entre los seguidores de Tolkien que a él mismo. Quizás, como dije al principio, recurriese a él como un simple recurso retórico para estimular el interés de su audiencia, utilizando una idea atractiva y popular, independientemente de lo mucho o poco que él mismo la abrazase. Es curioso, al menos, que no haya ningún nombre como Selador o algo semejante en sindarin, el idioma cuya fonética modeló a partir del galés que tantas cellar doors tenía para él. También gracias a eso quienes han venido detrás se han encontrado con el terreno libre para dar continuidad a este viejo tema, dando nombre a sus propios Selidors y compañía.

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